El crimen de Mariano Ferreyra y una muestra del cine que busca intervenir en la realidad

El crimen de Mariano Ferreyra y una muestra del cine que busca intervenir en la realidad. La ficción refleja los arquetipos sindicales y es un caso testigo de cine político. Se estrena mañana

 

Este jueves se estrena en los cines el film ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?, que lleva a la pantalla el libro homónimo del periodista Diego Rojas. Es un caso testigo del cine político en la Argentina, en los últimos años demasiado confinado al territorio del documental. La diferencia es sustancial: ¿Quién mató... está mucho más cerca de películas como Operación Masacre (1972, Jorge Cedrón), que dramatizaba la investigación periodística de Rodolfo Walsh, o de Los traidores (1973, Raymundo Gleyzer), que utilizaba muchos datos de la realidad política (el falso secuestro de Andrés Framini, la muerte de Vandor, etcétera) para crear una ficción que explicase los arquetipos del sindicalismo argentino. Desgraciadamente, ese camino de utilizar la representación para explicar la realidad fue muy pocas veces retomado con fuerza por el cine argentino, de allí que esta película codirigida por Alejandro Rath y Julián Morcillo sea, al mismo tiempo, parte de una tradición y un paso adelante.

“El asesinato de Mariano Ferreyra –dicen los realizadores respecto de la elección del tema– produjo una profunda conmoción social por tratarse de un crimen político. Pero, sobre todo –precisan–, porque el conocimiento de la historia del caso, de los móviles políticos, económicos y sociales que llevaron a esa patota a actuar, puedan dotar a la sociedad de los elementos necesarios para decir basta, que los condenen. Por eso también hemos corrido como locos para que el estreno de la película la ponga al alcance del público antes de que se conozca la sentencia del juicio que se lleva contra los responsables del crimen”.

El film toma la investigación de Rojas y plantea un mecanismo ficcional: un periodista –interpretado por Martín Caparrós, quien aceptó el trabajo por estar interesado en el tema y porque muchos actores desecharon el asunto por miedo al qué dirán– investiga el caso y choca, a medida que lo hace, con la redacción de su medio. La estrategia permite acercarse al tema con una precisión diferente. “Nosotros veníamos del documental –explican– y originalmente presentamos un proyecto de documental. Pero era, además, una transposición del libro de Diego Rojas, que lleva el mismo nombre que la película. Ahí nos encontramos con la necesidad de presentar una investigación periodística muy profunda y consideramos que debíamos facilitarle la tarea al espectador. Ya contábamos con su figura instalada; una película que explicase quién lo mató tendría que revelar también quién era e intrigar a todos aquellos que conocen su rostro y no su historia, y a esta mayoría creíamos que le facilitábamos las cosas ofreciéndole una ficción, una ‘película’, como suelen decirnos a los que hacemos documentales. Entonces dijimos bueno, está bien, hagamos la ‘película’”.

Hay otro elemento en el que el film resulta interesante y es su estrategia de financiación, que no es la tradicional. “Como originalmente pensábamos hacer un documental, nos presentamos al concurso de esta vía de subsidios en el INCAA. El proyecto fue aprobado por el jurado y nos asignaron un subsidio de 195.000 pesos. Estos montos ya no alcanzan para hacer siquiera un buen documental en formato digital. Hoy por hoy, el presupuesto medio de un largometraje nacional de ficción está calculado en 3,5 millones de pesos. Desde un comienzo supimos que íbamos a poder contar con un recurso que arrastraba el tema del film, la solidaridad con su causa. Lo que no podíamos calcular era hasta dónde podríamos llegar con eso, lo fuimos probando en la práctica. No hemos hecho ese cálculo, pero tenemos una película terminada a la altura de las producciones que cuentan con esos apoyos, gracias a la solidaridad que recibimos. Para el lanzamiento, pedimos al INCAA un apoyo similar al extra que reciben las películas terminadas por las vías de presupuesto medio pero no lo conseguimos. Entonces, apelamos nuevamente a la solidaridad a través de una campaña en Ideame, una página en internet que ofrece una plataforma para apoyar económicamente proyectos artísticos. Ahí recaudamos unos 56.000 pesos más para poder comprar los afiches que se ven por las calles. En definitiva, un gran esfuerzo colectivo”.

La gran pregunta es por qué optar por una ficcionalización en lugar de optar por la presentación dura de los hechos. “En ciertos casos –explican– con el documental podríamos haber sido probablemente más didácticos. La verdad de los hechos reconstruidos de los acontecimientos del 20 de octubre está mucho más ajustada a la suma de declaraciones de testigos que componen la causa, aunque con muchos de esos elementos más los recursos cinematográficos puestos en juego buscamos acercar al espectador una verdad de lo vivido. En la ficción buscamos que toda la verdad de la investigación que el periodista lleva a cabo no aburra ni apabulle, por eso la ponemos en juego con su entorno. En definitiva, la verdad buscada no es pura sino histórica atravesada por experiencias de sujetos movilizados por emociones pero también por ideas”.

Cine político en el doble sentido, pues: presentar una visión de la realidad y buscar intervenir en ella.

© 2013 ojo obrero

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