CRAC! MAGAZINE // Por Julieta Marucco

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¿Quién mató a Mariano Ferreyra? – la película

 

Eran alrededor de las cinco de la tarde. La calle Lavalle estaba llena de transeúntes, volanteros y arbolitos. Las medidas económicas de estos últimos meses no los han podado siquiera. Estaban ahí, firmes e intactos. Frente al cine, una disquería había puesto ópera a todo volumen. El “O sole mío” envolvió la peatonal. Y entre el vozarrón de Pavarotti, se escuchaba la palabra “cambio”. En la puerta del cine, militantes del Partido Obrero habían instalado una mesa. Pegaron unos afiches de la película con un poco de cinta, empezaron a repartir volantes de la película y a ofrecer la Prensa Obrera, prensa partidaria que sale una vez por semana todos los jueves. Esta tapa decía: “Un desastre nada ‘natural’”, lo que llamó la atención de los que caminaban por ahí. Un señor se acercó a la mesa y preguntó: “¿Ustedes de qué lado están, de Pedraza o de Ferreyra?”. “De mi compañero Mariano Ferreyra, por supuesto”, contestó uno con firmeza. El señor, que se acercó a modo de provocación, continuó vociferando: “Yo no, yo no estoy a favor de los que cortan las vías”. Pensar que esa simple afirmación lo pone del lado de Pedraza, un burócrata sindical que explota a los trabajadores a través de las tercerizadas. De una persona que está presa por la acusación de planificar e instigar un crimen. El joven, con toda la tranquilidad del mundo, le tiró un par de argumentos políticos, lo que provocó el alejamiento inmediato de esa persona. Y siguió con la alegría de estar ahí. Una jubilada se acercó para preguntar si la película era apta para menores. Quería llevar a su nieta de unos once años. “La película es ATP, con reservas”, le contestaron del cine. Aquella señora que estaba preocupada por si había escenas impresionantes, dijo: “Bueno, más de lo que se mira hoy en día en los noticieros no va a tener”. Otra jubilada se acercó y me dijo: “Sabés, este Pedraza es un hijo de puta”. Se llevó un manojo de pochoclos acaramelados a la boca, masticó un poco y seguió. “Sí, es un hijo de puta, ojalá vaya preso”. Entramos a la sala.


La película está basada en el libro homónimo del periodista Diego Rojas, por tanto, contempla tres líneas: la reconstrucción del 20 de octubre del 2010, testimonios de familiares y amigos, y la propia investigación periodística. Arranca cuando a Andrés Oviedo, periodista interpretado por Martín Caparrós, le llega un encargo desde la redacción. Esa es la parte de ficción. En algunos momentos del relato, aparecen testimonios de familiares y de amigos de Mariano. En esos breves pasajes, sentí aflicción. Desnudaron la parte humana.


Los directores, a través de las imágenes, contaron la historia de los trabajadores tercerizados y las organizaciones que los acompañaron ese día. Cómo actuó la patota y cómo le dispararon a Mariano. A pesar de que uno sabe lo que pasó, siente tensión en la escena de la reconstrucción del crimen.


La obra de Alejandro Rath y Julián Morcillo cuenta con mucha información, pero bien dosificada. Se logra comprender los móviles económicos que hay detrás de todo esto y las relaciones políticas. Incluso se puede escuchar la voz del mismísimo Pedraza, algo que generó un sentimiento de repulsión y bronca en la sala. Allí Pedraza se jacta de todos sus lazos políticos, de que los ferroviarios no son buchones, por eso no delatan asesinos. Se ve que al momento de la entrevista, se sentía tranquilo. Habrá pensado que todas esas relaciones de poder con el Estado que construyó durante años y todo su dinero le resultarían útiles para no pisar la cárcel. Pero se equivocó, la movilización popular y el empeño de los suyos no lo iba a permitir.


Las actuaciones son buenas, naturales. Porque Andrés Oviedo, interpretado por un periodista, es un trabajador de medios más. No es un detective, pero hace una investigación importante para desentramar un crimen. Sufre los problemas de todos los periodistas, el afán por tener una nota rápida, un titular, las presiones para escribir sobre ciertas cosas y omitir otras. El personaje de Andrés Oviedo está muy bien delineado. Es un periodista que siente un desafío interno al que él llama “quilombo”. Pero a la vez, está atravesado por una contradicción cuando su hija decide meterse de lleno en el tema. Y aunque no se vea un Mariano en la escena de las asambleas,  un joven que acompaña al líder más adulto (Chiquito), de alguna manera, recrea (por lo que se cuenta en los testimonios) cierta actitud de él. Y lo que representa Mariano y sus compañeros es militancia. Una militancia del día a día: armar un centro de estudiantes, recuperar una fábrica, ir a ofrecer la prensa, recolectar ropa y comida para los inundados. Son actividades que definen el carácter de una persona, pero que para aquella persona forman parte de la cotidianeidad, de su vida. La lucha de clases es así, una lucha diaria. Como dijo un amigo de él, no le gustaría que dijeran que fue idealista. Más bien preferiría ser definido como un militante que lucha por el socialismo.


La música acompaña bien las escenas. Y hay detalles para quienes les gusta mirar con atención. Es un documental-ficción que parte de un trabajo colectivo en todas sus etapas. Incluso para verla, los jóvenes se juntan y entran de a grupos a las salas.
Es una película dramática, pero no está hecha para quedar desolado. Todos se levantan. Oviedo, a pesar de todo, se levanta. Las banderas flamean bien alto. El toque épico final vendrá cuando acaben todos los responsables en la cárcel. Vendrá cuando el ferrocarril esté en otras manos. Vendrá cuando ya no exista ningún oprimido más en este mundo. A la salida del cine, otra vez sobre Lavalle, se escucha la voz potente de Pavarotti: vinceró, vinceró, vinceró.


Para más información sobre la película: http://www.filmmarianoferreyra.com

© 2013 ojo obrero

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